William, mi padre
Mi hermano fue quien me dio la noticia: “se murió mi papá”. Esas palabras se transformaron en un temblor en las piernas y un leve ardor en el estómago. Por un instante me quedé mudo. No supe qué contestar. Luego me senté en un sillón de la Librería Lerner, en Bogotá, en donde estaba de viaje, tomé aire y luego salí a caminar.
Mi padre, William, siempre fue una imagen a contraluz que salía de mi cuarto una noche o una madrugada, después de despedirse de mí con un beso en la frente, cuando yo tenía más o menos seis años. Desde entonces, cada que me preguntaron por él, a mi memoria la invadía ese fotograma: el de un hombre alto, bien parecido, dándome la espalda para no volver jamás.
Y esa ausencia se fue acomodando en el alma con los pocos recuerdos que se hicieron imborrables en mi memoria y que, a pesar de la distancia, mantuvieron su recuerdo vivo. Fue él quien me enseñó a montar en bicicleta y corrió detrás de mí por las calles del barrio sosteniéndome para que no me cayera. No sé cuántas tardes le tomó esa tarea, pero aun hoy, cuando salgo en bici o cuando le enseñé a mi hija a hacerlo, el retrato de William dándome ánimo se contrapuso a la imagen de su despedida.
También de él heredé esa pasión enferma por el fútbol. William era hincha de Millonarios y en el cuarto matrimonial colgaba una bandera grande de su equipo. Ante las protestas familiares, pues en casa siempre fuimos del América, el pabellón azul y blanco, adornado con trece estrellas, se mantuvo inmóvil y solo fue descolgado cuando supimos —o mi madre supo— que ya no regresaría jamás.
Los demás recuerdos que tengo de él se construyeron a partir de las historias que me contaron Mauricio, mi hermano mayor, mis tías, los vecinos y, por supuesto, Amalfi, mi madre, su esposa. Sabía que había sido detective del DAS y que fue allí donde mis padres se conocieron. Supe que una tarde raptó del colegio a mi hermano y al primo Andrés y se los llevó a ver la cronoescalada del km 18 de la Vuelta a Colombia. Que un día emborrachó a la cuadra entera y le pagó a unos pelados para que, en un diciembre, pintaran la calle de azul y blanco; cuando la gente volvió de la embriaguez, el territorio era del ballet azul. También recordaban el equipo de microfútbol del barrio que patrocinó y que llevaba el nombre de mi hermano, “Calzado Mauro” o algo así. Supe que una de mis tías lo pilló con una vecina, de estatura menuda, a la que le decían la pitufa, y le armó tremendo escándalo en la calle. Supe de muchas otras cosas que no vienen al caso, pero que de alguna manera, con el tiempo, lo convirtieron en un ser mítico, lleno de contradicciones. De ese tiempo lejano recuerdo la cara de felicidad de mi madre a su lado, la sonrisa de Alexandra, mi hermana menor, a quien siempre montaba en sus hombros, y la confianza que nos daba a mi hermano y a mí cuando caminábamos junto a él.
Si bien en mi memoria esos recuerdos forjaron la imagen de mi padre y llenaron su ausencia, creo que siempre sentí un vacío extraño y una urgencia de llenarlo. Con el tiempo se fue apaciguando y aprendí a soportarlo, pues durante mucho tiempo William tuvo algunas apariciones fantasmagóricas que nos movieron el suelo; movimientos telúricos que removían la ausencia y daban algo de esperanza para un reencuentro, para un abrazo que mis hermanos y yo, estoy seguro, siempre anhelamos.
La primera de esas apariciones ocurrió una tarde cuando en mi casa sonó el teléfono. Yo contesté y alguien, al otro lado de la línea, al preguntarle con quién hablaba me dijo: “con su papá”. Sentí una gran emoción. Hubo promesas de bicicletas y balones, de regresos y de paseos como el que habíamos hecho a Buga en el Monza color hueso que tenía él. Pasé tardes enteras esperando esa llegada, hasta que esa esperanza se desvaneció. Pasado el tiempo supe que esa llamada había sido una broma de un amigo de mi hermano.

Su segundo regreso también estuvo marcado por una llamada telefónica, esta vez a mi madre. Un viejo amigo del DAS la llamó a su oficina y se hizo pasar por William. Pero Amalfi, que lo debió amar mucho, no reconoció en esa voz al padre de sus hijos y la curiosidad, esa fuerza centrífuga que posee la condición humana, la obligó a desandar los pasos y a buscar en Telecom, en el directorio de Valledupar, su número telefónico. No lo encontró. Sin embargo, halló el de mi abuela, la señora Graciela, que aún vivía en la misma casa en la que habitaron Amalfi, William y mi hermano Mauricio cuando estuvieron en la capital del Cesar, y en la que, según los relatos, me procrearon.
Mi madre, que siempre fue muy fuerte, discó el número y se encontró con las voces del pasado: su exsuegra y la Mona, la hermana de mi padre y con la que Amalfi congenió muy bien. Pero nunca habló con William, porque ya no vivía ahí; tenía otra familia. Nunca supe, ni sabré, cómo mi madre reaccionó a esa noticia. Lo que sí nos contó cuando llegó a casa, después de aquella llamada, era que unos años antes mi padre había perdido una pierna porque en un retén del ELN, en una carretera del Cesar, a mi abuelo y a él, por equivocación, los cogieron a tiros. Cuando mi padre me relató la historia de su accidente, increíblemente volví a ese universo en el que yo era un niño y él me contaba películas o me resumía los partidos de fútbol. Recuerdo la fuerza de su voz, pero en esta narración sus ojos siempre estaban inyectados de rabia y de tristeza.
La siguiente aparición fue nuestra; es decir, sus hijos nos le aparecimos a él. Lo llamamos para avisarle que Amalfi, su esposa, había muerto y que debía firmar algunos documentos legales, pues nunca se divorciaron. Quién sabe qué habrá sentido con esa noticia, nunca nos lo dijo y a partir de entonces tratamos de reconstruir nuestra relación. Llenar las ausencias, volver a los pocos recuerdos y hablar de nuestras vidas privadas; ese puente parecía construirse nuevamente, pero siempre fue difícil hacer como si nada hubiese pasado. Con el tiempo, mi padre pasó de ser una imagen a contraluz que salía por la puerta de mi cuarto a una voz por teléfono celular, hasta que un día la imagen y la voz se materializaron.
Por cuestiones de trabajo tuve que viajar a Valledupar y nos encontramos. Fue al aeropuerto con el tío Rómulo, la prima Monita y Abraham, uno de los hijos de su esposa, a quienes crio desde que eran unos niños y los convirtió en sus hijos. Fue un encuentro extraño, como boxeadores que pasan el primer asalto para reconocerse: se estudian, se miran y se golpean sin fuerza. Recuerdo que cuando lo tenía al lado lo tocaba con una felicidad aplazada, como si no creyera que el fantasma de las llamadas se hubiese materializado, como si hubiera encontrado el tesoro perdido. Todo eso se combinaba con la rabia de la ausencia, los reclamos del abandono y su silencio; pero en ese encuentro primó la alegría del abrazo, de las palabras y de un perdón que él necesitaba. Después de ese viaje los lazos se estrecharon un poco más.
Hubo otros encuentros. Cuando vivía en Bogotá, mi hermano y yo lo invitamos a pasar unos días. Se quedó en casa de Mauro, conoció a Margarita, su nieta, y ella se le pegó como una ladilla, como si lo conociera de toda la vida: era la sangre llamando. En esa ocasión nos contó su versión de la historia, nos explicó su ausencia, su silencio, se justificó y mi hermano y yo lo perdonamos. Mi hermano viajó en una navidad y yo fui otro par de veces.
La última vez que hablamos fue el martes, tres días antes de su muerte. Mauricio me avisó que estaba enfermo. Escuché su voz sin fuerza, como si se estuviera apagando, pero él, como muchas cosas en su vida, porque era porfiado, como solía decir, lo negó. Bromeamos sobre las elecciones presidenciales, le dije que no se fuera a morir, pero que si lo hacía estaba bien porque era un voto menos para el tigre. Él me contestó que no lo haría, pero en caso tal de que sucediera, sacaría la mano del carro fúnebre o de la tumba para ponerle la raya al animal ese. Mi padre murió el viernes previo a las elecciones y fue sepultado al otro día.
La relación con William estuvo edificada sobre la ausencia, una ausencia que ahora se hace inquebrantable porque ha muerto. Después de la llamada de mi hermano deambulé por el centro de Bogotá; luego tomé un taxi para ir a la casa de Mauro y su esposa, en donde me hospedaba. El lugar estaba solo, pues mi hermano y Lizeth no viven de manera permanente ahí. Me senté en la cama y, a mis anchas, lloré a mi padre como si nunca se hubiese ido de mi lado.
Supe, entonces, que le quería, en medio de todo y de alguna manera extraña. Me iba a hacer falta esa relación intermitente que construimos para hablar de fútbol o de Margarita. Supe que le agradecía, profundamente, el haberme enseñado a montar en bicicleta y haberme llevado al estadio por primera vez; que le agradecía por haberme dado la vida y por ese abrazo que nos dimos al despedirnos en ese reencuentro en Valledupar. Pero también por haberme mostrado cómo no se debe ejercer la paternidad.
Finalmente logré tranquilizarme después de haber llorado en aquella habitación, al darme cuenta que de verdad y sinceramente, le perdonaba su ausencia y su silencio. Que le perdonaba haber salido aquella noche de mi cuarto para no regresar jamás.
