Ventarrón: ‘No tienes sentido de conservación’ por Isabel Salas

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No tienes sentido de conservación: fue el diagnóstico que alguna vez me dieron unas amigas. Y aunque se dio en un contexto particular en el que ellas consideraban que yo misma me ponía en riesgo, ha sido una afirmación que viene a mí cada tanto, sobre todo porque desde el primer momento fue inevitable imaginarme […]
Comunicadora social de la Universidad del Valle, especialista en comunicación estratégica de la Universidad Sergio Arboleda y magíster en Gestión Pública de la Universidad de los Andes.
Sentido de conservación

No tienes sentido de conservación: fue el diagnóstico que alguna vez me dieron unas amigas. Y aunque se dio en un contexto particular en el que ellas consideraban que yo misma me ponía en riesgo, ha sido una afirmación que viene a mí cada tanto, sobre todo porque desde el primer momento fue inevitable imaginarme como una fruta en conserva, como una pulpa de maracuyá congelada. Y claro, imaginar lo aburridísimo que podría ser eso.
Y aunque en mi escala de valores el auto cuidado puntea, también lo está el permitirme el riesgo, el transitar el caos, el habitar lo incierto, el fundirme en lo desconocido. De ahí, digo yo, aquella sentencia.

He aprendido que luchar contra la entropía y pretender el ideal de una vida aséptica, no solo trae dolor y frustración, sino que sobre todo, es contra natura. La vida en sí misma es movimiento. Es un viaje en el que a medida que avanzas vas dejando o perdiendo trocitos de ti: afectos, sueños, personas, salud, juventud. Es una mirada constante al vacío, es el vértigo que da mirar hacia abajo desde un piso 20 cada vez que tomas una decisión, es atreverse diez, fracasar nueve y triunfar una. Y esa una, es más que suficiente.

Y en ese sube y baja constante te mareas, te vomitas o te demayas, pero también te carcajeas, te emocionas y te alegras.
Hoy fui a mercar y vi esas grandes bolas amarillas, perfectamente compactas, resguardando un puñadito de semillas jugosas
Después de pensarlo mucho creo que aquellas amigas tienen razón, antes que fruta congelada, prefiero la transformación. No porque sea una aventurera, si no simplemente porque en las mil posibilidades de lo incierto habita un universo de dicha por descubrir.

Amigas, sí, puede que la pulpa congelada dure más, quieta y escarchada dentro del congelador. Pero mientras tanto, yo quiero ser postre de maracuyá después del almuerzo, o jugo helado en una tarde a 30 grados, quiero ser esa fruta que parto a la mitad para echarle limón y sal, esa que me como con cuchara chiquita mientras me destempla los dientes, esa que de solo imaginarla hace que se me vuelva agua la boca.

Colofón: Confia y acelera. Aprendí tarde a conducir, como he aprendido tantas otras cosas, y las palabras más frecuentes de mis instructores durante la práctica fueron: Confía y acelera. Sentir el carro como sientes la bici, como sientes el cuerpo. Confiar en ellos, en la sabiduría de la que están hechos, y seguir adelante, acelerando, no mucho, no a toda velocidad, pero sí de manera sostenida. Al final, siempre llego. Siempre se llega.

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