LAS MADRES QUE RESISTEN

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En estos días, cuando todo se cae a pedazos, quise recordar una de las lecciones que me dio mi madre.
Escritor y periodista. Licenciado en Literatura de la Universidad del Valle, magister en Escritura Creativa en la Universidad Nacional de Bogotá.

Era el año 2001, si no estoy mal.  Mi madre sacó un sobre de manila que traía en el bolso, lo tiró en la mesa del comedor y nos dijo:

─Para que firmen, porque si no me echan del trabajo.

Nosotros la miramos asombrados, enmudecidos. No sé cuál de los tres agarró las hojas, las empezó a leer y después pidió un lapicero. Eran  unas planillas para recoger firmas y avalar la candidatura de una señora para el Senado de la República. Cuando nos disponíamos a firmar, mi madre soltó una carcajada y nos miró inquisitiva. Luego nos arrebató las hojas, las rasgó y las tiró a la basura.

─Yo no voy a votar por esos desgraciados. Nunca hay que votar por esos por esos hijueputas. La creen a uno boba.

Luego, nos dio la espalda, caminó hasta el patio y encendió un cigarrillo.

Mi madre fue una mujer valiente. Además de criar a tres hijos sola, ayudó a los hijos de otras madres, les pagó  o ayudó a pagar el colegio o la universidad, les dio para el almuerzo, les prestó dinero que nunca cobró. Pensó siempre que la riqueza debía distribuirse mejor y nos impulsó, a mis hermanos y a mí, a estudiar en una Universidad Pública, porque, según ella, no había mejor lugar para aprender. Además le salía mucho más barato.

Estudió contaduría pública, pero nunca se graduó porque se enamoró perdidamente de mi padre y luego tuvo tres hijos; así que después de que él se fue, tuvo que ocupar su tiempo en criarnos y en conseguir el dinero para mantener la casa. Pero no tener el título no le impidió ganar el dinero suficiente para pagarnos colegios privados y sostener a mi hermano para que hiciera su maestría en el extranjero; tampoco fue obstáculo para demostrar que sabía mucho más que quienes tenían el título y podían firmar, de hecho,  una parte de sus ingresos llegaba de cobrarles un porcentaje, cada vez más alto, por hacerles el trabajo. Otro trabajo esporádico, era prepararles las clases a sus colegas contadores que enseñaban en algunas universidades de la ciudad, entre ellos a su último jefe, el Notario.

Mi madre ejerció el derecho al voto, siempre pensando en los que ella consideraba que podían cambiar el país e impulsó a sus hermanas y a la  gente cercana a ejercerlo, sin importar que los sacaran del trabajo: le hacía barra a Carlos Pizarro y a lo que quedó del M19. Luego al Polo democrático y aseguraba que Carlos Gaviria, “el viejito marihuanero”, como le decía, podría sacarnos del atolladero.

Durante  el tiempo del narcotráfico en Cali, Amalfi, como todos en la ciudad, tuvo que trabajar para ellos. Mucho tiempo después nos relataba, con cierta vergüenza,  que una de sus labores, era contar los dólares que llegaban en bolsas negras,  y que nunca  habías sido capaz de sacarse ni uno, y que no entendía cómo sus compañeros se guardaban algunos. Cuando esa burbuja se estalló, el personaje para quien trabajaba, terminó perdonándole la vida, porque tenía tres hijos. La acusó de robarlo. Mientras sus compañeros de oficina se fueron de la ciudad, durante mucho tiempo, algunos compraron casa y carro y a ella, no le quedó sino el susto de la amenaza, y la tranquilidad de una conciencia limpia.

Uno de los últimos recuerdos que tengo de Amalfi es en el día de su velorio. Una de sus compañeras, una joven, quien siempre le expresó admiración se me acercó para hablarme. Era una muchacha como quizás fue ella en su juventud. Estudiaba contaduría en las noches y trabajaba en el día. Acaba de casarse y, sino estoy mal, acababa de tener un hijo. Venía de un municipio cercano a Cali, ubicado en el norte del Cauca, así que tenía afán por salir adelante y poder darle a su familia una vida más cómoda. Vivía en su casa con sus padres y una hermana.  La muchacha era quien se echaba la carga al hombro. Quizás por ello, mi madre la “adoptó” en los últimos años en la notaría y le enseñó, como decía Amalfi, a trabajar.   

La compañera de mi madre, entonces, me llamó a un rincón de la funeraria, me entregó un sobre con billetes. Nunca supe cuánto había ahí, pero era mucho más de lo que hubiera pensado. Me sorprendí y lo rechacé.

─Tranquilo ─me dijo, ─ que con lo que Amalfi me enseñó, eso lo recupero en una semana.

Durante estos días en los que Cali y el país entero estallan, he pensado mucho en Amalfi. No solo porque me hace falta, sino porque he visto a muchas madres en las calles, resistiendo, acompañando a sus hijos e hijas, tratando de protegerlos, como pueden, de las injusticias y de las balas de la policía o de otros ciudadanos.

He entendido, también, que todas sus pequeñas desobediencias civiles no fueron más que enseñanzas para nosotros. En que si ella estuviera viva, apoyaría el paro, estaría en las calles y levantaría la voz  en favor de la minga y de los estudiantes,  al lado de las madres que se han quedado sin hijos en estos días. Estaría levantando la voz en contra de su jefe el notario y en contra de su partido político, en contra, en suma, de todo lo que es injusto.

Veo a las madres en  paro y la veo a ella, veo su fuerza, su poder y descubro, que hay muchas que desde hace tiempo resisten, y hay otras que empiezan a hacerlo. Veo a mi esposa enseñándole a nuestra hija el significado de la palabra Resistencia, mientras le explica, desde su visión de historiadora, por qué  está muy bien que los Misak tumben la estatua de Belalcázar, que meses atrás habíamos visitado con su abuela y su tía;  veo a mi hija tratando de entender todo lo pasa a su alrededor y hacer preguntas de todo para comprender este delirio. Veo a mis estudiantes de la universidad privada en la que trabajo, levantando la voz, con más vehemencia que los hombres, porque les parece injusto que les dicte clases mientras su ciudad y el país se caen a pedacitos. Son ellas, las mujeres, las madres, quienes nos enseñan a resistir.

No sé cuántos años trabajó mi madre. Nunca compró casa, tampoco hizo fortuna y como muchos de los de su generación, tampoco alcanzó a jubilarse. Ella, como muchas otras, murió sin tener vacaciones. El día de su entierro, un noviembre de 2006, nos llamaron de la EPS a decirnos que habían autorizado el tratamiento de quimioterapia; por eso, cuando salgo por estos días a la calle, y observo esas señoras arengando, alzando la voz para ser escuchadas, el rostro de la mía aparece y  la escucho nuevamente diciendo: “nunca hay que votar por esos hijueputas”.

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