‘Novela de baile a media luz’ por Alberto Bejarano

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‘Novela de baile a media luz’ por Alberto Bejarano

RESEÑA DE LA NOVELA DE MIGUEL TORRES, “BREVE HISTORIA DE UN AMOR SIN FIN”. TUSQUETS, BOGOTÁ, 2020, 171p.

Por Alberto Bejarano. Investigador en literatura comparada del Instituto Caro y Cuervo. Escritor y bailador de salsa.

 

“Me incliné hacia ella y le dije al oído: Has olvidado muchas cosas. Pero hay dos que no olvidaste nunca: bailar y besar”

Miguel Torres ha escrito la novela perfecta para este tiempo de confinamiento. Lo hizo, claro, sin sospecharlo, porque no es una novela de anticipación, sino la balada/bolero ideal para desandar el tiempo perdido, que no recobrado.

 

Antes de dedicarse en los últimos quince años a la novela con brío y un estilo depurado, el escritor bogotano Miguel Torres (1942), ya era parte del selecto cuarteto de dramaturgos modernos colombianos (junto a Santiago García -QEPD-, Enrique Buenaventura -QEPD- y Carlos José Reyes), con una obra inmortal como La Siempreviva. Director de teatro, fundador del mítico y desaparecido Teatro El Local en la calle 11 con 3 en Bogotá, había dejado ya una huella memorable en la escena local y latinoamericana. Sin embargo, desde la publicación de la primera novela que constituiría su trilogía del 9 de abril, El crímen del siglo (2006), su obra ha venido haciendo camino al andar en la narrativa, con un merecido (aunque insuficiente aún) reconocimiento de los lectores y la crítica. Ahora lo vemos en su escritura más íntima, más desbocada en lo afectos, quizá su obra más personal, novela de iniciación y a la vez de madurez: claroscuros del amor y de la melancolía. “BREVE HISTORIA DE UN AMOR SIN FIN” es una novela ejemplar bogotana. Podríamos desde ahora incluirla en una familia literaria ligada a Tabucchi, Nemirovsky, Marai, Duras y Kértesz, entre otros grandes escritores, apasionados por la novela corta.

La novela corta o nouvelle indaga por la pregunta sobre qué va a ocurrir. Se distancia del cuento y de la novela en su densidad y juego con la expectativa. En esta ocasión Miguel Torres nos sumerge en el fuego y en el espectro, en el ruido y la furia de un amor hacia una joven bailarina, Dina Rosenthal, una joven de origen alemán judío, una más de tantas refugiadas después de los incendios del nazismo en Europa. El narrador es un joven actor, Peter. Los dos viven una breve pero intensa e inolvidable historia de amor embolerada, llena de poesía, cine, baile y besos, en una sucesión acompasada de búsquedas introspectivas. El telón de fondo es un rumor que proviene de Noches Blancas, en Dostoievsky-Visconti-Marais-Mastroianni-Schel. Es un pregón de media noche de la poesía recitada por los amantes con César Vallejo y Alfonsina Storni: vidas paralelas. ¿Y el baile? El trasfondo brumoso está centrado en la ebullición de la iniciación al amor y de cómo éste en algunos casos se hace eterno. El ritmo está dado por el intertexto del bolero, lo que haría de esta novela una prolongación más de nuestras novelas de baile latinoamericanas, como De dónde son los cantantes de Severo Sarduy, La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, La casa de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor y Quítate de la vía de Umberto Valverde, entre tantas otras.

El acompasamiento narrativo del bolero en la novela resuena en su estructura y en el diálogo en murmullos de los amantes, mientras Cabeto, el disc jockey, nos hace bailar y besarnos con el destino:

“Oímos tres boleros sin dejar de besarnos, pero cuando comenzó a sonar el cuarto en la voz de Benny Moré nos levantamos cogidos de la mano y aterrizamos abrazados en la pista:

 

Cómo fue

No sé decirte cómo fue

No sé explicarme qué pasó

Pero de ti me enamoré

 

Llegaste a Kiril en marzo.

Fue un jueves. Lo recuerdo

 

Fue una luz

Que iluminó todo mi ser

Tu risa como un manantial

Llenó mi vida de inquietud

 

Estabas parado en aquella puerta mirando la clase.

No miraba la clase. Te miraba a ti….”

Dividida en dos partes, o mejor, en dos lagos (de aguas dulces y luego saladas), o mejor, en dos movimientos: seguimos de cerca, embelesados en la novela, los encuentros de los jóvenes amantes los miércoles y viernes, en la Bogotá desaparecida de finales de los años cincuenta que luego Peter, 45 años después, recorrerá como una sombra de dolor exquisito, de aguas saladas que llamaba Oscar Wilde. Allí están los viejos cines, los cafés, los bares, los árboles, las calles, perdidas todas para siempre en esta Bogotá sin rumbo y sin identidad:

“Pasé por el Coliseo, el único teatro con silletería reclinable que había en Bogotá, donde funciona desde hace más de veinte años una sala de cine porno. Luego fui a darle una mirada a El Danubio, ahora transformado en una peluquería en cuya vitrina, en vez de las tortas y los bizcochos que tanto le fascinaban a Dina, se exhiben cabezas de icopor con bisoñés, pelucas y postizos de colores chillones. Después comprobé que tampoco queda el  menor rastro de El Bacheloz. En esa antigua esquina del amor se levanta una fábrica de cristales y espejos. Será porque todo lo que tiene que ver con Dina a la distancia de los recuerdos sea eso y nada más: espejismos. Por último me detuve ante la tumba de El Cisne: la Torre Colpatria, un rascacielos de cincuenta pisos”.