Asesino de almas, de Juan Sebastian Rojas

Asesino de almas, de Juan Sebastian Rojas

Asesino de almas

El sol pinta mi maqueta en el hogar que comparto con mi esposa, contenta de regresar del trabajo siempre en la noche porque, en todo el conjunto residencial, no hay una casa más caliente que la nuestra. La pasamos sudando y con las manos pegajosas por la humedad. Aun así, prefiero las dolorosas pinceladas del sol a la luz de las lámparas, que me hace sentir en un supermercado.

Vivo de la renta de seis casas de este conjunto. Apenas me conocen mis vecinos. De los contratos se encarga una agencia inmobiliaria.

‒ Únicamente he trabajado desarrollando mi obra artística.

Llevo veintisiete años casado. He evitado tener hijos por desprecio a la infancia, y por temor a que me salga un hijo uribista. Mi mujer ama socializar y bailar, me agrada que lo haga, que atraviese la ciudad escuchado su instinto animal y que tenga amantes delincuentes de esos que roban un carro parqueado en Ciudad Jardín en cuatro minutos sin que las videocámaras revelen su identidad.

A su regreso, me habla de una canción de reguetón que cantaba un secretario de su empresa, me describe el olor de las discotecas, de una calle donde venden al mismo tiempo ataúdes, cachivaches y pollo apanado, de una indígena mendigando bajo el puente del Éxito de la calle Quinta, de un perro saliendo de una guardería, vetusto, casi muriente, con un pelaje amarillento, en caída, conducido con una cadena oxidada por un joven calvo, con barba candado, camiseta negra con la imagen de una niña muerta, llorando sangre por los ojos. El joven reía de forma contagiosa al hablar por el celular.

‒ Vi también a una anciana en el MIO, empujando a un escolar porque no la dejaba pasar. Este le respondía que el bus todavía no había abierto las puertas para salir.

Mi mujer me cuenta sus experiencias en el mundo exterior que le sirven a mi imaginación para continuar creando mi maqueta. Con esta pretendo mostrarle a la humanidad vivencias que pocos se atreverían a vivir por peligrosas y dolorosas.

Salimos sin embargo una vez por semana al eco-barrio de San Antonio. Nos montamos en unas bicicletas que fabrican jugo de caña de azúcar, desde donde puedo ver discretamente la gente pasar, con la preocupación del artista por captar modas efímeras a ver si logra volverlas eternas. Para ser exacto, como un modernista de acuerdo con la adición: Moda + eternidad = modernidad.

Tengo una memoria visual bastante fina para distinguir rostros, el cerebro lo suficientemente despierto como para contemplar varias situaciones al tiempo. Husmeo en las vidas ajenas como un fantasma, interpreto qué esconden detrás de los helados que saborean, de las risas nerviosas por algo proferido por sus amores, de la manera de impedir que los niños bajen sin casco en carros de balineras por una colina. Me siento un asesino de almas que mi mujer saca a pasear. Pero con ella sí soy, ante todo, de una bondad estricta.   

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