Arte, por Juan Sebastian Rojas

Arte, por Juan Sebastian Rojas

Arte

La ciudad me recuerda a mí misma por lo fragmentada que es. Sus conjuntos residenciales remplazan a los clubes con sus piscinas, gimnasios, salón de juegos, de baile y hasta recreacionistas y coachs. Son pequeñas fortalezas multiplicándose desde las montañas hasta el plano, en medio de la pobreza de lo público con sus buses destartalados y calles llenas de huecos. Me muestro ante los demás como un conjunto privado, uno diferente dependiendo de la persona. Pero por dentro siempre soy miseria, deterioro, ruina. Para olvidarme de eso contemplo en los conjuntos los ascensores, los parqueaderos, el césped bien cortado, las mascotas elegantemente peluqueadas y las familias como maniquíes de centro comercial. Estos son monumentos de la supremacía de la humanidad sobre lo que Héctor Lavoe llama “selva de cemento”.    

He soñado a menudo con ser portera de un edificio ultramoderno, y simplemente tener que asesorarme del buen funcionamiento de las cámaras, los robots limpiadores, las paredes-pantallas en los corredores que muestran paisajes extintos en la realidad. Uno solo vive rodeado de confort, orden y limpieza. De resto, sobrevive. Las delicias de la vida son constantemente interrumpidas cuando de la nada aparece un semáforo, un mendigo, una moto de secretaria.

Solamente salgo de mi conjunto en busca del arte. Es mi única manera de apreciar lo bestial y lo feo. A través de él me deleito con lo que me mataría, cuando menos de tristeza, si llegara a experimentarlo de verdad. Por unos cuantos pesos si acaso no sale gratis, puedo acceder al lado oscuro del corazón de los hombres. He llegado hasta ir a escuchar poetas andrajosos hablar sobre los artistas suicidados por la sociedad, tales como el divino Van Gogh. Frecuento la biblioteca Centenario, que es la más bella que tiene Cali. Allí se reúnen los nadaístas que en su época dorada bombardearon con sus poemas las buenas costumbres, el estado hipócrita y la iglesia.    

Por miedo a que me acusen de “boquisabrosa” que baja de su torre de ensueño a pretender mezclarse con los pobres, me hago en la última fila del auditorio, cerca de la salida. No abro la boca jamás para no agravar lo que denuncia mi sola apariencia: estoy fuera de lugar. El director que hace de moderador algún día podría pedirme mi opinión sobre la charla de uno de sus invitados y, yo, antes de hablar en público, regresaría al cielo como la Virgen. Opté por comprarme un apartamento desde donde solo escucho el eco del mundanal ruido. Gozo con que mi familia apenas me contacte para pedirme plata, entonces les doy bastante para que se demoren antes de volver. Me gusta saludar a mis vecinos solamente cuando visten de gris o de negro y van al trabajo o a misa con sus mocositos. De lo contrario, me recuerdan mucho a la gente de abajo, tanto que acaban por arruinar mi frágil paz. 

‒ A todos los arribistas les muestro los dientes.   

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