Aquí, por Juan Sebastian Rojas

Aquí, por Juan Sebastian Rojas

Aquí

El personal dispone de una zona para hacer bungee jumping, seis senderos ecológicos y muchos instructores motivados para enseñar a recoger y procesar el café. Mi placer es darle placer a los demás. No compré mis hectáreas para lucrarme, sino para darle una oportunidad a los pensionados que necesitan trabajar un poco para completar el mes.

Yo mismo cometí el error de pasarme de una entidad pública a privada, donde especularon con mi dinero hasta ofrecerme una pensión ridícula. De ahí que decidiera pedir que me dieran más bien lo acumulado y, con la alianza de unos amigos del colegio, compré este lote. Nadie más creía en mí. Mi hija me tomaba el pelo preguntándome cuándo pararía de meterme en negocios donde acabo tumbado. Mi mujer fue todavía más reacia recordándome que había parido en edad avanzada, que hoy teníamos a una briosa adolescente soñando con estudiar fotografía en Arles. Se puso zurumbática cuando le repliqué que no era necesario vivir en Francia para aprender a tomar selfies. Me puso a dudar cuando, cambiando de tema, quiso saber cómo íbamos a pagar las alcachofas y las pastillas cada una con un color del arcoíris, que mantienen a raya nuestros achaques. En un momento de ansiedad me tomé un montón de ellas, saltándome las órdenes de los médicos. Y un frasco de “vitaminas”, como lo llama mi hija, estaba al alcance de mi mano. Probé unas tres cucharadas. Soñé que mi hija y yo éramos personajes detectives de una serie policiaca de Netflix. Nos íbamos al Pacífico a arrestar negros y mi hija acababa comiéndoselos a todos. Yo mismo hacía de puente para la faena de mi princesa. Una vez despierto quise morirme. Luego no paré de tener sueños similares hasta que me volví un insomne constipado. Casi no salía de la cama, pero no dormía.

‒ Mi familia llamaba esto “mi segunda crisis de adolescente”.

Ni la psiquiatría ni nadie podía hacer nada por mí, y yo mismo me había convencido de haber iniciado un viaje de pesadilla sin vuelta atrás. El tiempo en los sueños se hacía más corto. Apenas alcanzaba a acompañar a mi hija hasta el umbral de los cuartos de sus amantes. Sospechaba que mi compañera detective era la mala de la serie. Su crimen era despojarme de mi dinero con el argumento de irse a estudiar a Arles, cuando en realidad solo quería irse a vivir a alguna licenciosa aldea con olor a mar y almizcle. Solía acordarme furtivamente de mi vida antes de tener estos sueños, pero me parecía como si yo ya no era yo, sino un tipo de otra ciudad y otro tiempo, uno infinito, sin límites, eterno y, por eso mismo, aterrador.

‒ Una mañana me ofrecí para ir a sacar al perro.    

El sol se había envuelto en espesas sábanas, pero no lloraba. Llevé a mi perro labrador hasta un lago con una ceiba en el centro, en una isla donde vivían unos patos. Rocky nadó hasta los patos y desnucó a uno a mordiscos. Luego de mirar el cadáver unos instantes, volvió a agarrarlo del cuello y lo tiró al agua donde quedó flotando. Enseguida se dispuso a hacer lo mismo con los demás. Me devolví a la casa, a toda prisa. Mi esposa preparaba los huevos con maíz de siempre. Le pedí que apagara el fogón y fuera conmigo a mirar aquel espectáculo irreal, digno de esos vídeos que ponen histéricas a las redes sociales. Rocky no solo se había convertido en un criminal en serie sino un fabricante de crímenes perfectos. Mataba a sus víctimas por placer, como cualquier tiranosaurio, y de inmediato las tiraba al agua para que figuraran como ahogadas.

‒ ¿Sí ves?

‒ Vamos a tener que reponer todos esos patos.

Como era domingo, sin mediar otra palabra regresó a terminar el desayuno familiar.

Desde entonces todo me maravilla. Decidí embarcar conmigo a unos tripulantes en mi nuevo trip, apostando todo mi dinero en esta sociedad más entretenida que lucrativa. Sin embargo, una foto de unos empleados míos durmiendo en los cafetales bajo plataneras llamó la atención de los turistas, lo que generó altos ingresos. También, otra donde mis viejitos ensayaban una nueva instalación de bungee jumping. Pero esta sobre todo me trajo denuncias al no haber comprado aún siquiera un desfibrilador. El personal se queja de que les pago poco y los pongo a dormir en “baterías de pollos”. Pero reconocen que, en el Tercer Mundo, así funciona el altruismo.   

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