Amargo, por Juan Sebastian Rojas

Amargo, por Juan Sebastian Rojas

Amargo

Uno puede amar por mucho tiempo a un hombre que no lo quiere más, y porque uno lo ama todavía casarse con su hijo. Cuando lo visitaba a Cali, su ciudad, la pasábamos una chimba. Íbamos a la Topa Tolondra a bailar salsa, íbamos al río Pance. Luego, cuando me regresaba a Bogotá, me pedía que no lo llamara por teléfono y nuestros chateos por WhatsApp perdían íconos de corazones cada día que pasaba. Recién yo regresaba a Bogotá me merecía siete corazones. Al cabo de unos días, ni uno. Un día sin que fuera explícito me dejó de hablar. Sé actualmente que no era más que una muñeca andina para exponer a sus amigos los fines de semana. La victoria del provinciano al tener una res capitalina amarrada.

Su hijo apenas sabía de nuestra relación, y menos cuando llegó a mi casa a habitar mi cuarto disponible. En efecto, su padre sorpresivamente me llamó no para saludarme, sino para pedirme el favor de alojar a su hijo, quien venía a especializarse en Historia. Tres semanas después, logré meter a su polluelo a mi cama. Antes de que se pusiera el condón, le pedía que me la metiera con el argumento de que, solamente cuando se acerca su orgasmo, es preciso protegerse. Cuando la prueba de embarazo salió positiva, lo advertí del peligro de abortar en Colombia, y le pedí que se casara conmigo para asegurarle la herencia.

A partir de ese momento, apenas lo siento con ganas de ser un pollito en fuga, me las arreglo para parir un bebé nuevo el año siguiente y así obligarlo moralmente a no abandonar su corral. Todavía no somos una familia numerosa si se compara con otras de nuestra raza latina. Pero esto es suficiente para que seamos considerados como una familia estable. Para darle ánimos, antes de parir de nuevo, le pago el viaje para que vaya con una amiguita a escalar en Santander. Ella se ha comunicado conmigo en secreto para contarme que mi pollo Frisby ha intentado suicidarse y que escala sin arnés. Pero ella, como suelen hacer los jóvenes, dramatiza. Él busca simplemente tener emociones fuertes para descansar de su rol de padre. 

‒ Te amo.

‒ No es cierto. Te quieres vengar de mí.

Él se niega a visitarme en la sala de partos. Amamanto nuestro retoño en compañía de su abuelo. Este se ha vuelto amargo y me odia. Con su inteligencia de hombre perverso, captó rápidamente que mi amor solo deseaba forzarlo a hacer parte de mi vida. Me mira con rabia contenida mientras les acaricia el cabello a sus nietos. Pero, durante las reuniones familiares, gozo de alegría al escucharlo cantar canciones bonitas, mientras le sirvo su ron panameño preferido. Únicamente en esos momentos, lo siento capaz de perdonarme. Todavía me he atrevido a poner una salsa e invitarlo a bailar, y olerle la nuca, untarme de su sudor.

‒ Te amo.

No responde. Simula ver al recién nacido. Mira sus ojos acaramelados, heredados de un familiar mío lejano. Pide permiso para irse porque lo va a dejar el avión para su ciudad rumbera. Lo escucho hablar entre lágrimas con su hijo en el celular. Si el niño acaba pareciéndose a mi familiar lejano, va a ser demasiado guapo.

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