Ad-portas del paraíso, por Juan Sebastian Rojas

Ad-portas del paraíso, por Juan Sebastian Rojas

Ad portas del paraíso

Nuestro único reproche es que esperó la enfermedad terminal para elevar su llama interior hasta las nubes. Hombres de todas las edades y tamaños cargan su ataúd hacia la capilla del cementerio Los Olivos.

‒ Su último deseo fue que cado uno de ellos la enterrara. Ella desde el inframundo les haría señales de orgasmo para consolarlos.

Un cura tirrioso con quien tuvo una hija, hoy en día adulta con una libido desatada y bien sosegada. A ella le figuró criarla sola, a escondidas, mientras que el cura recogía el diezmo dizque para construir casitas para los pobres, pero en realidad iba para aquella hija.

‒ Me hice odiar por él y por muchos más, pero el amor que me tienen siempre fue más fuerte.

Entretanto, el cura se vengaba a nombre de la “humanidad”. Un requisitorio basado en el breve, pero intenso momento en el que ella decidió entregarse a otros hombres diferentes a él y darse la buena vida gracias a ellos. Basándose en testimonios hallados en el basurero de la pornografía en línea, confirmó que le quitó la virginidad a todo un salón del colegio del pueblo, mujeres y hombres confundidos. Hasta entonces, sospechábamos que ella le jalaba a ambos sexos, pero no nos atrevíamos a aseverarlo.

‒ Su patrón de conducta era comerse a quienes esforzaban más el alma que el cuerpo, porque la compasión le despertaba la lascivia.

El cura había comenzado la ceremonia con un castellano simple, pero la acaba con una gramática compleja, agregándole palabras en latín para que la mayoría, con apenas el bachillerato como cartón insigne, no entienda nada. Así que se desahoga sin miedo a las réplicas. Evoca con especial ira su cuerpo desnudo en los paseos al río donde bautizó por segunda vez a los negros cortadores de caña con sus efluvios sagrados.

Una última imprecación vociferada en el micrófono.

‒ Aquellos que pecaron y solapadamente admiten haber estado ad-portas del paraíso, se quedarán sin el hogar que les iba a entregar este templo de Dios.

Exige a los hombres llorones sacar el ataúd de aquel lugar bendito. Estos se marchan con miedo a que el cura les mande las sombras con fusiles para que se los lleven a la selva. El cadáver salta al suelo tras un tropezón nervioso. Rápidamente lo reacomodan.

Apenas le habíamos agradecido al cura y el cofre ya estaba en el carro rumbo al cementerio.

‒ De este hoyo que ella va a ocupar acaban de sacar al ladrón de hortensias.

Veo a la hija de la difunta orgullosa por haber ganado aquel espacio para el entierro. Escucho su manía de recordarle a sus hijas que, si no se estallan en los estudios, acabarán siendo la ostia del rico: sus cuerpos como el cuerpo de Cristo. El cuerpo de su madre ofrecido para que la abuela pueda tener unos metros de reposo.

‒ La difunta debería ser inmortal.

Tenía ganas de embriagarme. Me fui a un bar para despedirla a mi manera. Juro que solo pequé soñando con ella. Fui incapaz de tocarla a pesar de sus avances, porque era demasiado bonita. No me parecía que fuera una “barbie lechona”, como la llamaban algunos temerosos que, a diferencia de mí, eran demasiado vulgares como para contentarse con tocarla con la mente. Me despedí de las veces que la levantaba toda pálida después de una faena y la llevaba a su casa a verla dormir.

‒ Ella hubiera podido morirse dejando un mensaje a las madres trabajadoras como ella antes de enfermarse.

Las estrellas estallan para apagarse por completo. Su mensaje, si acaso hay uno, es que no se puede enseñar a arder en llamas. Ni tampoco es algo que se hereda. Cada cual arde como puede, no como quiere.

3 Responses

  1. Calvin dice:

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